Implantar una ISO es una decisión que cambia cómo se trabaja todos los días. Si la implantación se hace mal, queda papel y resentimiento. Si se hace bien, queda una manera de trabajar: procedimientos que se usan, números que se miran y personas que saben qué hacer.
La diferencia entre un caso y otro está casi siempre en el primer mes: diagnóstico honesto, alcance realista y compromiso de la dirección. Si están los tres, lo demás es ejecución.
